El sufrir merece respeto, el someterse es despreciable.
Victor Hugo
Izquierda, izquierda.
Derecha.
Debe mantener la distancia.
Avanzar y retroceder.
Izquierda, izquierda.
Crochet.
Sabe que no puede parar.
Tiene que seguir moviéndose.
Los brazos y las piernas le pesan.
Izquierda, izquierda
Swing.
Avanzar y retroceder.
Los codos un poco cerrados para proteger el estómago.
Los mueve arriba y abajo para proteger los riñones y el hígado.
Los brazos y las piernas le pesan.
Uno, dos, tres.
Golpes en la cabeza.
Su cabeza es dura.
Pero se le ha metido dentro un pitido ensordecedor.
Ya no escucha los rugidos del público.
Ni sus insultos.
Ni los gritos de los que apuestan.
Tampoco la risa burlona de la chica rubia de la primera fila.
Pero oye como un niño llora en su pecho.
Sabe que se acerca el final.
Está entre las cuerdas.
No puede zafarse, no le quedan fuerzas.
Se abraza a su contrincante.
!Break, break! - Grita el árbitro.
Tiene que aguantar un poco más.
El sabe su oficio.
Lucha cuerpo a cuerpo.
Los golpes en los costados son insistentes y le cortan la respiración.
Siente el olor agrio del sudor y el sufrimiento.
El sabor de la sangre es muy salado.
La náusea de siempre atenaza su boca seca.
Los ojos le escuecen, los párpados le pesan.
El otro púgil es un buen fajador, lo empuja, lo arrincona.
Está entre las cuerdas.
Recibe el impacto de un gancho derecho seguido de otro gancho izquierdo
que le hace escupir el protector.
Todo es silencio.
Los focos del ring se tambalean.
A su alrededor todo da vueltas a cámara lenta.
Su cuerpo es un saco de carne magullada que se desploma.
Ha cumplido con lo pactado,
aguantar nueve rounds y caer en el décimo por nocaut.
Tiene prisa en irse de aquel lugar.
En su casa le esperan.
Hoy sus hijos tendrán algo para cenar.
Su mujer lo curará besando una a una todas sus heridas,
y será cuando toda su vida se concentrará en ese preciso instante.
El resto de su miserable existencia le importa una mierda.



















