y ruge cuando está sobre los mares
y duerme dulcemente en una grieta.
Alfonsina Storni
Aquella noche calurosa de verano
llamaron aporreando la puerta.
Era un huracán que entró como un torbellino
nublándome la vista,
dejándome sin habla y sin respiración.
Como pude intenté mantenerme en pie
en medio de aquel revuelo de aire húmedo y cálido
que sofocaba mi alma desnuda.
Quise detenerle cerrándole el paso
pero el vendaval ya se había colado en mi habitación
revolviéndolo todo.
Giraba y giraba desbocado entre mis piernas,
resoplando,
metiéndose en todos mis recovecos,
zarandeando mis pechos,
arrancándome la ropa,
alborotando mi pelo
mientras me hacía rodar por los suelos
con estrepitoso resuello.
-¡Para, para, demonio!- acerté a decir con voz trémula.
Y él, arrollador viento de túrbida pasión,
escapó raudo por la ventana,
relinchando como un centauro.
