El funambulismo no necesita ni explicación ni mediadores, tampoco los necesita la poesía, pues ambos se basan en la emoción de contemplar el vacío en un instante efímero de creación que se consume en su propia pureza.
-Funámbulus-

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lunes, 24 de enero de 2022

LA COLA DEL DIABLO

 

“Todo hombre tiene un diablo y no descansa hasta encontrarlo.”

                                                              Michael Wincott


La Tierra gira y gira.

Y el mundo es una maravilla

cuando los ojos limpios de un niño

se iluminan de ilusión

escuchando la fantasía de un cuento

con candorosa atención.

Acurrucado en su cama

la madre le susurra y lo arropa

y se adormece el angelito

con un beso en la frente

del amor más puro que existe.

Y vuela y vuela.

Su alma diáfana y risueña.

Y sueña y sueña.

Junto a la luna y una estrella.

La Tierra gira y gira.

Y en tan sólo una noche

el niño se hace hombre.

Y el hombre se convierte en diablo.

En tan solo una noche

el mundo es una pesadilla

abarrotada de niños muertos.

Y la Tierra gira y gira.



jueves, 6 de octubre de 2011

LA SOMBRA ERRANTE


Tal vez el mundo sea bello cuando el sol claro lo ilumina, pero soterrado en el silencio hay un río oscuro sin peces que se empoza y van a pudrirse sus aguas en el lodo. Soterrado en el silencio hay un hombre oscuro sin nombre que se le ve venir de la lontananza con su caminar errabundo y un pequeño hatillo bajo el brazo. No tiene nada que hacer, tampoco sabe adónde va, ni llegará a ninguna parte con su corazón de mala muerte. Habla poco y blasfema mucho porque las palabras bonitas se le han encarroñado en la garganta. Ha bebido mucho polvo. Lleva sobre sus espaldas un montón de piedras y rocas y se ha percatado de que en cada grano de arena hay derrumbe de montañas.

Donde hubo vida ahora hay olvido y donde hubo amor solo le queda un poco de ceniza de ese fuego que arde rápido y se apaga. Por eso, debajo de su piel quemada está lleno de noche y de frío. Y de horas de dormir al raso, a solas, entre el cielo y la tierra, entre los árboles y el viento. Lleva la soledad en sus bolsillos y siempre pasa de largo. Sabe que no hay camino ni lugar, ni puerta a la que llamar.
Al final, muerto el día, cuando los ladridos de los perros revelan esas horas lastimeras de hastío de dejarse llevar por el abandono, el hombre y su espectro se arrastran como haraganes por las sombras de las callejuelas, más allá del bien y del mal, más allá de las barras de los bares en las que a veces se bebe o se mata. Pero él no tiene ningún miedo, se le disputan, le aclaman, es el mejor jugando a la ruleta rusa y a todos les fascina su mirada de reptil cuando aprieta el gatillo y paraliza el tiempo y el silencio. A las putas les gusta su dinero salpicado de sangre y se le echan encima como serpientes con sus bocas abiertas, buscando entre los despojos de su alma y su fatiga ese fulgor oscuro, ese dolor amigo, y el sabor de sus besos agridulces que queman como el hielo.

martes, 4 de octubre de 2011

UNA ISLA EN EL CIELO


Me gusta ver en el mar este pensamiento que se forma en el agua y derriba mis defensas. Son  olas que vienen y van,  son algas y recuerdos,  son partículas del universo. Entre el recuerdo la arena que se va y las caracolas braman la agonía del tiempo. Qué hubiera sido de nosotros sin Formentera, aquí nos amamos y nos perdimos lejos del mundo, aquí hemos sido isla y ciclón y también asombro.

Nos gustaba tanto el mar que nos divertía nadar desnudos en aquella playa azul turquesa llena de tiburones y ser presa de nuestras pasiones.
Recuerdo crepúsculos que exaltaban nuestros sentimientos viendo arder sobre el mar un pedazo de cielo, mientras en el centro de la bahía podíamos contemplar el incendio de un navío adormecido en el agua tibia y quieta.
Fuimos corsarios con camisas de flores dejando al descubierto nuestros corazones, nuestros pezones hambrientos y nuestros tatuajes de amor eterno.  Trepamos a los mástiles más altos en busca de quimeras  y en el cielo nocturno las constelaciones nos trazaban  las rutas de antiguos dioses. Largamos la mesana, la gavia y el velacho. Amuramos a estribor, saltamos las brazas y amantillos de barlovento, cazamos las brazas de sotavento, halamos las bolinas y enfilamos  rumbo a las estrellas.

Eran noches delirantes  de olor a pólvora en las que nadie dormía. Quemábamos nuestra vida fugitiva como el incienso, como el humo de los sueños fugaces y en ceremonias inútilmente bellas sucumbíamos bajo el destello de la luna con canciones y queimadas. Éramos capaces de detener el tiempo mirándonos a los ojos en la proa de un barco hasta extinguirnos ingrávidos en titubeantes burbujas al viento.

Vinieron los inviernos y el estruendo del oleaje  asoló  nuestros espíritus. Vimos anémonas arrancadas del mar y pájaros que migraban con las alas rotas. En aquellas playas quedaron desperdigados los restos del naufragio. En las dunas de arena blanca,  entre sabinas y enebros, quedaron enterrados  los  mapas de Ptolomeo  y aquella ingenua rebelión de  flores marchitas. Allí siguen las lagartijas verdes y azules y  nuestros  cuerpos varados perpetuamente exhaustos de penetrarse y besarse hasta el fondo. Allí persiste la brisa en tus cabellos, la sal en tus besos y  aquel amor y aquel cielo con el que todas las mañanas nos limpiábamos el alma.

El puerto huele a puertos antiguos  y a naves fenicias.  El barco se aleja escoltado por el alboroto de las gaviotas. Ella, con su vestido blanco, agita su pañuelo de despedida y con un ángulo de dulzura y tristeza en su boca  pasa sus dedos sobre sus labios tiernos para liberar al vuelo sus besos. A lo lejos,  él, con su vestido de pirata,  los caza y la retrata en sus ojos para siempre.
¿Se habrá posado ya el llanto sobre aquellas playas vírgenes?