El funambulismo no necesita ni explicación ni mediadores, tampoco los necesita la poesía, pues ambos se basan en la emoción de contemplar el vacío en un instante efímero de creación que se consume en su propia pureza.
-Funámbulus-

martes, 11 de octubre de 2011

AULLIDOS I

Montañas lejanas,
pastos olvidados, caminos perdidos,
bosques ignotos,  árboles caídos.
El viento corre y crea sus sendas.

Allí,  
el espíritu del lobo es indómito
como el río que en su descenso
se desploma incontenible
mostrando su libertad
y rugiendo en  las cascadas
su fuerza vital.
Sus aguas limpias y frías
se desparraman dócilmente
por el lecho de los valles
y las piedras de los ríos brillan.

En las plácidas praderas
la luminosidad del día calienta la vida.
Estalla el esplendor cromático,
se extiende la concupiscencia
entre los insectos y las flores
y las fragancias se expanden
con la polinización.
El lobo se revuelca con fruición
sobre el rastro de la hembra
en la maleza.

En las altas montañas,
el vuelo majestuoso de las rapaces
traza círculos y premoniciones
y sus graznidos extraviados
estremecen a las criaturas temerosas.
Las últimas nieves ceden
diluyéndose en los ibones impolutos
donde se miran los ojos asustadizos
de rebecos sedientos.

Al atardecer se abren las heridas
con una gran hemorragia crepuscular
que se derrama sobre las cumbres
y todos los animales diurnos enmudecen.
Es la hora en que los ángeles
descienden con sus antorchas
sobre el paisaje que se vuelve penumbra.

Ya se palpa el latido de la noche
en el vuelo luminoso de algunas luciérnagas
y se van incorporando al runrún nocturno
nuevos cantos y murmullos,
mientras tanto
el cielo se ha poblado de estrellas y naves estelares.
Allí,
la noche es pura todavía
y los lobos sueñan en su guarida
con el brillo de la luna
entre silencios de piedras.

Y lejos, muy lejos……………....
resuenan en los barrancos
el chasquido de los látigos
sobre las jaurías de perros
y el ladrido de los hombres
que claman sangre.

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